Presentación de AS DE ESPADAS por Luis Miguel Fuentes

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Luis Miguel Fuentes.

Se trata de que los revólveres se acaricien como halcones, de que las puertas resulten sospechosas, de que den miedo los saleros, de que las pisadas avisen tarde, de que los cajones tengan otro oficio, de que los muertos te guarden el secreto. Y, seguramente, se trata de algo más. La novela negra no es en sí el crimen, sino ese Transiberiano que lo lleva, ese museo que lo viste, esos pájaros que lo anidan, esas esquinas que lo encuentran, esas almas que lo trabajan, lo comprenden, lo desean o lo lloran. En la buena novela negra, el muerto o el chantajeado o la joya o la apuesta sólo son excusas para traernos las historias y equipajes que dejan el bien y el mal en su filo, en su penumbra. En esta penumbra deben estar todos, el cadáver y su viuda, el detective y su perchero, el inocente y su coartada, el criminal y su soga. Por eso tiene que haber un poco de belleza en el cadáver y un poco de maldad en los absueltos, un poco de ternura en los borrachos y un poco de frivolidad en la policía, un poco de violinista en los asesinos y un poco de violador en los mirones. Todo esto es lo que hace que una noche sea buena para un crimen digno de ser contado, resuelto y disfrutado.

Se trata, pues, bajo aquellas farolas que cortaban los sombreros o no, de esa penumbra del ser humano, en la que el crimen tiene más dudas que celo, en la que el mal y el bien se reparten en muchos bolsillos, en la que la posibilidad de cruzar la línea aparece con el vértigo y la inevitabilidad que tienen unas vías de tren o unas piernas de rubia fatal. Creo que esto le fascina a Javier Otaola, de ahí su idilio con la novela policíaca. No trata este libro de contar la agudeza de un detective, ni de desentrañar sin más el acertijo que esconde el muerto como una ganzúa, sino sobre todo de cómo puede convertirse alguien en suicida o en asesino, o mejor, de cómo el destino escoge al suicida o al asesino entre todos los que podrían serlo. La protagonista de esta novela, la ertzaina Felicidad Olaizola, menciona que para resolver el caso “hay que descubrir la historia” de ese hombre que ya es cadáver como una polilla. Esta historia del muerto, que es más que su postura y más que su solución, y la historia de su porqué, que incluye a todos los que lo contemplan, hacen esta novela.

Yo creo que Javier Otaola ha hecho en As de espadas una novela negra clásica, aunque distinta. No va de detectives con saxofón o petaca, ni de revólveres sobre las mesas como cajas de música; no hay duros de casino ni frases lacónicas ante el disparo o el cigarrillo. Su clasicismo es el de esa antigua exploración de la frontera de oscuridad del ser humano, de la ambigüedad y el roce del bien y el mal, cuando todos podríamos estar muertos en la alfombra o sosteniendo el veneno o buscando una explicación para nuestra miseria, nuestra salvación, nuestra cobardía o nuestra vida alrededor de ese crimen que nos convoca. Esa intimidad con el crimen que les pregunta de cerca a todos los personajes, e incluso al lector, quiénes son: ahí está, me parece, el clasicismo de la novela negra.

A la vez, la novela negra de Otaola también es diferente. Nos lleva al País Vasco, tan lejos de aquellas películas; un País Vasco con sus cuadrillas de amigos, con sus sacramentos tan propios, con su sociedad complicada y boscosa; y nos presenta a una protagonista mujer, ertzaina, lesbiana, como una inversión de todos los amaneramientos del género policíaco. Felicidad Olaizola es un personaje construido con fuerza, detalle y yo creo que cariño, que llena la novela con sus sensaciones y hasta con sus orgasmos efervescentes tanto como el muerto con su silueta. No hay caricatura en ella, como no la hay en el resto de personajes de As de espadas, vívidamente humanos: concejales del PNV, miembros del Opus Dei o de la Masonería, profesionales de bienestar engañoso, esposas equívocas o amantes levemente arácnidas. A todos ellos los reúne Otaola con la excusa de un suicidio, quizá un asesinato, en un escenario, una casa de retiro del Opus Dei, que él tiene la habilidad de convertir en un personaje más, algo así como lo era Manderley; y los reúne para desmenuzarlos e interrogarlos en todas sus pasiones, esperanzas y debilidades.

Debo confesar que me sorprendió al principio que Javier Otaola escribiera novela policíaca. Yo lo conocí por un ensayo suyo sobre Masonería que, por cierto, me terminó de animar para solicitar mi ingreso. Javier Otaola, que sabrán ustedes que es abogado, letrado del Gobierno vasco, Síndico y Defensor vecinal de Vitoria, y que además fue Gran Maestro de la Gran Logia Simbólica Española, me pareció en aquel libro un intelectual y un masón muy bien pertrechado de filosofía y latines, un humanista en el justo sitio entre la realidad y el optimismo, con una profunda preocupación por la ética y la convivencia, cosa que se puede comprobar en todas sus obras y en sus habituales colaboraciones en prensa. Este librepensador inquieto y comprometido, muy leído y muy pensado, “calvinista in péctore” como él se denomina, afable y a lo mejor un poco curil, ilustrado en el sentido más kantiano, no sé por qué no me cuadraba escribiendo novela negra. Recuerdo que cuando publicó Brocheta de carne, el primer caso de Felicidad Olaizola, a mí me pareció como si, de repente, hubiera abandonado sus utensilios de pensador como los de un médico o un fumador de pipa para meterse de verdad a cocinero. Seguro que él lo explica a continuación, pero creo que ya lo entiendo: En el crimen, o alrededor del crimen, está el ser humano midiéndose con su oscuridad. Eso es lo que él quiere contar.

Ahora, les dejo con el autor. Y, por favor: aunque resulte sugerente, intenten si es posible no asesinar a nadie hoy.

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