Orgullo y prejuicio
27 August (2010)Orgullo y prejuicio es el hermoso título de la más famosa de las novelas de Jane Austen y se publicó por primera vez el 28 de enero de 1813; con ese título la inteligente Jane nos advierte de la constante relación entre los prejuicios con los que sumariamente nos explicamos el mundo y nuestro papel en él, y el orgullo de ser o no ser de una manera determinada.
La democracia liberal abrió hace, al menos doscientos años, el camino a una nueva forma de sociabilidad que necesariamente desafía nuestros prejuicios y nuestro orgullo porque da cabida a los prejuicios y al orgullo de los otros. La sociabilidad liberal y democrática, a diferencia del viejo absolutismo y los modernos totalitarismos, no se levanta sobre la unanimidad obligatoria sino sobre la disidencia razonable o el consenso relativo. El problema son aquellos y aquellas que para ser lo que son necesitan que los demás no sean lo que quieren ser. A fuer de liberal yo no exijo que nadie tenga que ser como yo, me gusta, dentro de ciertos límites, la gente diversa y contradictoria, me agrada la condición sinfónica de lo humano en la que no todo debe sonar del mismo modo sino que es justo y necesario que haya distintas sonoridades. Pero No. Hay heterosexuales que se sienten agredidos porque existen homosexuales, -y viceversa- hay católicos que se sienten agredidos porque haya ateos, agnósticos y herejes que se permitan la libertad de manifestarlo, hay honrados padres de familia, felizmente casados con esposa e hijos que se sienten amenazados en su felicidad conyugal si dos mujeres o dos varones contraen matrimonio; les pasa a algunos y a algunas como si su Ser se sintiera minado, disminuido, si no gozan de la absoluta hegemonía social, si no acaparan toda la plausibilidad disponible para su forma de vida. Del mismo modo hay ateos “confesantes”, incluso “apostólicos”, que no pueden soportar la visión de una iglesia, de una sinagoga, de una mezquita…sin que les lleven todos los diablos.
Ciertos fabricantes de opinión parece que llevan mal los actos anuales que se organizan en Madrid bajo el genérico título del Orgullo Gay, y todos los años predican y exhiben con doloroso agonismo sus más rancios prejuicios declarando que “las manifestaciones gays son alardes de desvergüenza. Un desafío a las personas normales que no compartimos su defecto (sic). Un insulto a los numerosos homosexuales que lo llevan en silencio…”
Me recuerdan esas desaforadas palabras a algunas proclamas anticlericales –al estilo Proudhon- que rabian contra las procesiones de Semana Santa por entender que ofenden a las víctimas innumerables del fanatismo religioso y son “alardes de superstición y de burricia”, en realidad apenas esconden un resentimiento ontológico contra la idea misma de “lo sagrado”.
Todas las manifestaciones públicas son un desafío a ciertos prejuicios y un “acto de orgullo”, sea sindical, católico-romano, gay o nacionalista: manifestarse es celebrarse, exhibirse, decir “aquí estamos”.
Todo esto me lleva a una reflexión sobre la necesidad imperiosa de promover una verdadera cultura de la laicidad entre nosotros. La laicidad no es sino una versión política de la Regla de Oro: tratar a los otros como nos gustaría ser tratados.
Como dice mi admirado Joseba Arregi la laicidad nos cuesta porque nos pide contención y renuncia. Es una renuncia parcial a cambio de una ganancia universal. La renuncia se limita a no colmatar el espacio público-político de una identidad particular, se trata por el contrario de permitir, con orden y concierto, que todas las identidades que caben dentro de nuestras leyes se puedan manifestar en ese espacio: tan legítima y laica es una procesión de Jesús del Gran Poder, como el desfile el Orgullo Gay, la manifestación del Primero de Mayo, o de los grupos “Ni putas, ni sumisas”, o la Cabalgata de los Reyes Magos o la Celebración de la Familia…, sólo con ese entendimiento será posible una identidad ciudadana universal en la que todos nos podamos reconocer sin tener que mutilar nuestra identidad particular.







